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Cuarteto en fa mayor

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(Sugerido por el cuarteto en fa mayor, op.135 de Ludwig van Beethoven).



Allegretto

Los juguetes enjaulados alborotan

bajo una iluminación amarillenta.

Estambres de ciudad exacerbados

por el agua de muslos abiertos

a macilenta fuente de pus.

Tierra húmeda se desprende

del ombligo con ojo de alfiler.

Piedras de madera

obstaculizan el paso

de volcanes aceitosos.

En el salón de festejos

se reúnen damas

alrededor de galanes

con punzantes tornillos anillados.

Los cuerpos migratorios en fluctuante

vibración sirven de cenotafio

de sus almas desnudas

con arciprestes llameantes

que inyectan venenosa ponzoña.

La podredumbre, el arrojo,

los terneros de alcohol

electrificados en laberinto

de placer, fugacidad, vacío,

hueco, llaga, desintegración.





Vivace


en los oídos–conchas

resuenan las leyendas viejas

articuladas por embajadores

de explosiones vitalistas

se adormila sentado sobre una vitrina

de roca punzante

el respeto a los dones

que el propio cuerpo produce

en beneficio de los danzantes

en simbiosis con vegetación amatoria

serrana difunta en constante lucha

con las algas de la iniquidad

se acerca con pezuñas de mula

mansa

ningún asalto al cerco enquistado

vino sin la navaja de la pasión

figuras pestilentes que cargan

losas sobre sus almibarados fracasos

ensalzan los beneficios que produce

el descuartizar

un cuerpo indiferente como transporte

para las propias descargas de muerte

no se empuña con fortaleza

un pincel ni un arma ni una letra

con el espíritu saciado de


Lento assai cantante e tranquilo


Como rebaño de lobos amamantado

por un mismo pecho solar

entran los aplastados colores

de las arañas roídas con velas.

Los peldaños rugen fuera de la escalera,

están los flexibles brazos de tilos

recortando la silueta

de los cuervos translúcidos y terrosos.

Vuelven de la contienda

las partes del cuerpo innecesarias:

sapos, corazones, axilas, faisanes.

Aún quedaba por ver

la ululante sonrisa de las bombas

exaltadas entre química de halcones

y rítmicas ballenas de sangre.

La inocente mordacidad

de un pelotón de fusilamiento

con los testigos desplumados,

silenciosos, pensativos,

con boca llena de pulmones

de otras contiendas.

Menos afortunados fueron los mártires,

encerrados en medallas que necesitan

ser frotadas con voracidad.

Las aguas volcadas en vertical

arañan las alas de arbustos

y destruyen la paz de los patos

como caballería lanzada al equilibrio

entre la ventisca doblada.






Der Schwer gefasste Entschluss

(Grave ma non troppo tratto. Allegro).


Al parecer los collares esféricos

se derrumban sobre pechos

como pequeñas calaveras de mármol.

Las medias comprimen muslos

de mariposa como si fueran

hielo picado contra puños de granito.

Y la verdad dentro de la locura

desatada; y los nudos de pan

sobre los embalses de sangre

coagulados en capas tectónicas.

Grita el alabastro,

la vida deja sus disfraces,

aterra a cuantos en ella recorren

los orificios de un lecho

con voluntad atada al frío.

Las paredes respiran con fuerza

el granizo que eclosionó en manos

de caminantes separados

por el cincel oxidado en busca

de ventanillo con temblores helados;

por las ganzúas colgadas en ramas

como jugosos frutos desgastados

por soplido de fuego sigiloso.

Si algo puede salvarme de las cenizas

es el polvo que arrasó las callejuelas

donde habitó la lengua del cisne descarnado.

Salut d´amour.

(El amor y la guerra: la sal de la tierra. Los puntos Cardinales, Coleccion Gran Parnaso, Zaragoza, 1996)

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