En el corazón de la Mancha

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En la entrada de Alcázar de San Juan aparece la leyenda: ”Bienvenidos al corazón de la Mancha”. En esta localidad el vecino y estudioso de El Quijote  Ángel Ligero situó la mayoría de los episodios de la novela de Miguel de Cervantes. Por su emplazamiento fue un importante nudo ferroviario a camino entre Madrid y Barcelona. Así entre Cervantes, Don Quijote y el ferrocarril  se encuentra repartido el carácter de sus habitantes.

Nuestra nueva visita venía respaldada por la querencia por el poeta y pintor Antonio Fernández Molina. En su localidad natal se disponían a nombrarle hijo predilecto, a dedicarle una calle y a inaugurar una exposición con obra plástica, selección bibliográfica, dibujos y otros artefactos del universo “moliniano”.

Una cohorte formada por las hijas del poeta Teresa, Ester,  Isabel, Susana, el infatigable viajero y ferroviario Javier, la hermana de Molina Mari Carmen  y yo mismo, nos presentamos en cuerpo y alma en la sala de plenos del ayuntamiento. En conversación previa Fernando Sánchez, alcalde de la plaza, hizo referencia a la partida de bautismo de Miguel de Saavedra Cervantes (la inversión del apellido Azorín la atribuyó al origen portugués de la madre de Cervantes y la costumbre portuguesa de situar el apellido materno en primer lugar). “Todos los alcazareños están convencidos de la teoría que sitúa el nacimiento de Cervantes en Alcázar. Aunque lo que no tiene perdida es que se bautizó a un tal Miguel de Cervantes”, afirmó el alcalde.

Posteriormente nos mostraron una reproducción de la cerámica que se situara en la calle destinada a lucir el nombre del poeta. En letras de gran tamaño se ofrecía una prolija explicación, no habitual en la ornamentación urbana, en la que también se citaba a los poetas Fernando Arrabal y Carlos Edmundo de Ory. 

Durante al acto de nombramiento de hijo predilecto se recitaron poemas y relatos breves de la reciente antología de relatos Las huellas del equilibrista y del segundo tomo de su Poesía Completa. José Fernando, agitador cultural presidente del patronato Cultural de Alcázar, además de incondicional de Molina, se mostraba algo inquieto por el catálogo dela exposición. Sin embargo llegó a nuestras manos impoluto con un texto suyo y otro de Ester Fernández, hija del poeta. Nos sorprendió la presencia de obra pictórica no sólo nunca mostrada en público, sino inédita.

Entre la selección de obras destacaba un tríptico compuesto por tres lienzos: un paraíso terrenal, una anunciación y una crucifixión. Todas ellas pertenecen a distintas colecciones particulares,  lo que reduce la posibilidad de verlas reunidas en un futuro.

También resultaba sorprendente la selección de dibujos y un lienzo titulado “El entierro de la sardina” de admirable factura, donde una multitud de rostros se agolpaban en un ambiente rural.

Como preámbulo a la muestra el alcalde introdujo las intervenciones de Ester y de quien esto suscribe.  Se hizo referencia a la capacidad de trabajo de Fernández Molina, su vocación a prueba de las displicencias del mundo, sus apreciaciones rotundas en torno al arte, sus querencias literarias, su trato con personalidades como Camilo José Cela, Fernando Arrabal, Miguel Labordeta, los postistas, el grupo Cobra, Ramón Gómez de la Serna, Vicente Aleixandre...

***

Es cierto que Alcázar contiene una luz que aclara algunos de aspectos de la obra de Molina. En Vientos en la veleta su libro póstumo el propio autor atestigua:

 
 

Cuando viajo a mi pueblo al bajar del tren me siento envuelto en esa luz y la reconozco en mi luz física y poética. Reconozco la topografía de sus calles, el color, la noble arquitectura de sus edificios, el timbre de sus ruidos como señales permanentes de cuanto fuera el paraíso de mi infancia. Estoy seguro que de haber nacido en otro lugar mi sensibilidad sería muy diferente. Al abrir mis ojos a una luz tan limpia, tan realista y espiritual, casi quedé compensado del duro acontecimiento de abandonar el claustro materno y entré en un espacio donde alienta sin retórica y con toda naturalidad el alma grande de la literatura española.

La luz estuvo acompañada de los sonidos de la población manchega, de limpias paredes encaladas, de los portalones de las casas de labor, bodegas, palacios, caserones. Escucho en el fondo de mi alma el acento cadencioso del hablar manchego. Escucho el ritmo de las canciones populares entonadas por mi joven madre que impregnaron  mi alma de melancolía para siempre, como después durante mi temprana adolescencia tan sólo lo han conseguido las Rimas de Bécquer.

Escucho los cencerros del ganado, el balido de las reses, las campanillas de las mulas de labranza, el chirriar de las ruedas de los carros, las voces de ronda de los gañanes, las canciones del corro de las niñas. Estas canciones y los tangos de Carlos Gardel, entonadas también por mi madre y una muchacha  que me atendía, las entono con mi imaginación y espero me acompañen al tiempo de cerrar los ojos por vez última.

Un panorama de vidas y de largos caminos polvorientos por donde al avanzar un rebaño de ovejas parece transformarse en un ejército que se dirige al combate. Los molinos semejan gigantes… las botas de vino… las tinajas. Cuando soy niño aún lo ignoro pero entonces vivo como dentro de las páginas de El Quijote.

Nací el 20 de septiembre de 1927 y poco después me bautizaron en la parroquia de Santa Quiteria, situada en una plaza muy amplia. En la parroquia de Santa María de Alcázar hay una partida de nacimiento de la época de Cervantes de un tal Miguel de Saavedra Cervantes, invertido el orden de los apellidos. (¿Por ser su madre portuguesa? ¿Se trata de un error de trascripción?) Al margen está anotado con letra de tiempos pasados la frase: Este es el autor de El Quijote. Azorín en varios lugares de sus escritos y de muy especial manera en su libro Con permiso de los cervantistas sitúa a Cervantes y a los personajes del Quijote en Alcázar de San Juan.

El más genial de nuestros escritores, intérprete exaltador del alma manchega, al comienzo del capítulo XXII, de la primera parte de El Quijote dice así: Cuenta Cide Hamete Benengeli autor arábigo y manchego de esta gravísima, altisonante, mínima dulce e imaginada historia…

Cervantes se confiesa manchego donde no podía mentir, y eso estimo es una evidencia de haber nacido en Alcázar, el mismo lugar donde siglos después fui a nacer yo. No podría haberlo hecho en lugar más honrosamente literario, ni pudiera caberme mayor gloria que la inaccesible de alcanzar la de mi paisano.

 
 

Viajé por primera vez a Alcázar con Fernández Molina con el propósito de presentar los dos primeros tomos publicados de su Poesía Completa. Si no recuerdo mal corría el año 1999 ó 2000. Volví tiempo después con unos amigos con la extravagante intención de comer unas gambas en el corazón de la Mancha en pleno agosto. Creo que entre ambas visitas acompañé a Fernández Molina en un viaje donde nos agasajaron con ese postre inefable y sabroso al que llaman “bizcocha”. Dulce compuesto por tortas y leche que he procurado degustar en todas mis estancias.

De vuelta a Zaragoza desde ventanilla de tren observo y  contabilizo personajes literarios y pictóricos del mundo de Fernández Molina. ¿Estuvo presente el inefable Pompón entre los asistentes a los actos?

11/04/2006 11:09 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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