El gran silencio

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(En la imagen fotograma de El gran silencio de Philip Gröning)

 

El director Philip Gröning vivió en el monasterio cartujo de Grenoble durante seis meses con el propósito de elaborar eldocumental presentado bajo el título de El gran silencio. 16 años después de solicitar permiso para realizar esta película, los monjes aceptaron su presencia en la vida cotidiana del monasterio con las siguientes restricciones: nada de banda sonora (salvo los cantos de los propios religiosos), nada de luz artificial durante la filmación y la exclusiva presencia del director sin ningún equipo técnico. Por tanto, Gröning, a solas con los cartujos, casi se convirtió en uno más para desarrollar su singular proyecto. Los primeros en visionar el documental, sobre una pared del monasterio, fueron los propios monjes. Según afirma la prensa reaccionaron sonriendo y con aplausos. Cualquiera que tenga oportunidad de enfrentarse con este sobrio documental, de casi tres horas, se quedará perplejo ante tal reacción de los monjes.

Se dice que en Grenoble apenas ha cambiado la forma de vida durante los últimos 1000 años. El único lujo que se admite se reduce a una estufa de leña para calmar el desapacible frío, que el espectador advierte a través de la hermosa nieve que se desplaza por la pantalla. Desde luego se trata de un registro absolutamente moderno, en el mejor sentido del término, es decir, que supera la “vieja” modernidad cinematográfica, es decir, la velocidad, la provocación o lo impactante, elementos ahora adscritos al cine más comercial.

Sin embargo, el acierto de la película no proviene de una propuesta aparentemente elitista, ni de la forma de vida que se nos muestra la pantalla. La importancia de El gran silencio desciende a un nivel más profundo.

En lo referente a la propia creación cinematográfica sorprende su sencillez, no exenta de cierta experimentalidad en la forma de tratar algunas secuencias (siempre relacionadas con elementos naturales como nieve, agua, etc), que se aproximan a las creaciones de pintura en movimiento, desarrollada en la prehistoria del cine, por artistas como Fernando Léger.

La violencia, las aceleradas escenas de acción, las imágenes “crudas” ya sólo pueden sorprender a los adolescentes desprevenidos. Ningún director que desee aportar algo a la historia del cine de hoy puede pretenderlo al redundar en estos lugares consabidos y ya desgastados en películas, por otra parte, espléndidas, como Grupo salvaje de Sam Peckinpah. Por tanto, una reacción tan singular y personal como El gran silencio resulta cercano a la innovación y a la tradición al mismo tiempo.

El mensaje vital de El gran silencio desde luego se opone con rotundidad a los bien vistos valores de los civilizados y los civilizadores. En una nota referente al documental, publicada en cierto periódico, se afirma que los cartujos poseen una enorme efectividad para realizar cualquier tarea, puesto que pretenden restar el mínimo tiempo posible a la oración.

En nuestros tiempos se confunde la inactividad con la pereza o con el ocio. Se emplea el concepto de “tiempo libre” con total soltura cuando la idea en sí mismo representa una aberración intelectual. ¿Qué tiempo de un individuo no es libre? Se destaca las obligaciones productivas como las únicas posibles, ¿dónde quedan las exigencias de todo individuo para consigo mismo, ya sean éstas la oración, la meditación, la lectura, el juego o cualquier otra actividad que no vaya encaminada a incrementar índices de rendimiento?

En el monasterio se vive en comunidad, es decir, de una manera completamente opuesta a nuestra vida en “sociedad”. Se aprovechan los excedentes cada elemento del grupo ocupa su lugar con el propósito de un bien común. Se cuenta que los monjes reprendieron al director cuando le descubrieron desprendiéndose de un botón.

El gran silencio contiene todo lo opuesto a la vulgaridad. ¿Y qué es la vulgaridad? En los tiempos que corren la vulgaridad va unida a valores comunes, de una dudosa honestidad, pero que se admiten sin rubor, como la exaltación del poder económico, la identificación de nuestras sociedades civilizadoras con lo idílico, la exaltación de la fama como valor en sí mismo, la imbricación de toda actividad humana a conceptos productivos....

A esos jóvenes a los que encierran en casas con propósitos indefinidos, en ciertos programas de televisión, les supondría una prueba de mayor dureza su paso por un monasterio como el de Grenoble, que cualquier artificio inventado por la mente más infame. El hombre de hoy puede soportar casi todo, menos la autenticidad.

 

 

12/01/2007 18:36 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Angel

Muy cierto

Fecha: 07/04/2007 21:18.


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