Motivos de tristeza, (II)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)
Doña Lorenza de Médicis adquirió, durante su infancia, la piadosa costumbre de besar los gorilas. En la estrechez de miras de la ciudad esta tarea le resultaba imposible, por tanto visitaba con frecuencia el zoo y sus alrededores. Antes de convertirse en un personaje popular por este motivo Doña Lorenza se introducía con facilidad en la zona de los gorilas para asombro de animales, visitantes y guardas. Tras ser expulsada de forma reiterada, el guarda mayor del zoo pegó la fotografía de la señora en su caseta para aviso de los empleados recién llegados. Desde entonces las incursiones de Doña Lorenza se volvieron menos frecuentes. Casi siempre recurría a disfraces heterogéneos para lograr su propósito. Algunos testigos presenciales aseguran que la reconocieron haciéndose pasar por bombera, inspectora de hacienda, empleada de una tienda de ultramarinos, agente de seguros, cocinera, exploradora de un programa de televisión y bailarina. Una vez que la cazadora de besos alcanzaba la hacienda de los primates hostigaba a los asustados animales con persistencia. Los gorilas intentaban escabullirse de la maníaca por todos los medios a su alcance, incluso, en un arranque desesperado, algunos pretendieron arquear los barrotes de su prisión para darse a la fuga. La forma de proceder de Doña Lorenza seguía el siguiente orden: primero inmovilizaba a un gorila, casi siempre sentándose sobre el cuerpo del animal y ejerciendo presión sobre el tronco del contrario con sus muslos, después sujetaba la cabeza del animal con fuerza y le propinaba besuqueos efusivos. Sin embargo, lo que a Doña Lorenza le preocupaba era la indiferencia de Huevon, el ejemplar masculino dominante. A pesar de la bravura de la señora aquel espléndido ejemplar ni siquiera pestañeaba cuando la veía y, claro está, aquello para Doña Lorenza era motivo de tristeza.


