Motivos de tristeza, (IV)

En la imagen superior el perro Pandoro, al que hace mención el siguente relato.
(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que a mis impávidos lectores les divierta tanto como a un servidor.)
La pesca del salmón siempre se ha atribuido a valientes y a osos conspicuos. Saturnino Dosfuegos no se encontraba en ninguna de estas categorías, sus preferencias se inclinaban por las armas de fuego. Sin embargo la fascinación enfermiza que Pandoro, su perro, sentía por la carne del atún, llevó a Saturnino a consagrar su vida a tan noble tarea. Con un barco ambos se internaban en los bancos de atunes. Después, con un rifle oxidado, Saturnino disparaba a diestro y siniestro con una celeridad envidiable. Mientras se sucedía la curiosa pesca, la mascota permanecía impasible junto a las piernas de su amo. A pesar de sus esfuerzos, Saturnino casi nunca lograba hacerse con un ejemplar, ya que, aunque abatiera a una pieza, carecía de ganchos y otros útiles para elevar al atún hasta el interior de la embarcación. Cuando, por una acumulación de incidencias, el cazador de peces lograba un atún, Pandoro cantaba y bailaba en la proa acompañado por los bravos y vivas de su dueño. Por desgracia el can, en uno de esos inhabituales golpes de suerte, se atragantó con una espina y su dueño lo trasladó hasta el centro de salud más próximo. Los sanitarios del lugar se negaron a socorrer al animal aduciendo que ellos no eran veterinarios. Aquello sorprendió a Saturnino, aunque fue Pandoro quien realmente sufrió un impacto terrible. De esta manera el can descubrió que no era humano y claro está, aquello fue para el animal motivo de tristeza.


