Motivos de tristeza, (VI)
(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente final: “...era motivo de tristeza.” Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor.)
(En la imagen superior San Tesifonte.)
El perrito Tesifonte se vestía de dama, de señorita de compañía, de madame con el propósito mal intencionado de colarse en el autobús o en el tranvía. Durante el proceso de impostura el can se mantenía sobre sus patas traseras y ejecutaba toda una serie de equilibrios sobre sus zapatos de tacón. A menudo el conductor y los demás viajeros confundían al animal con una señora en estado de embriaguez, lo que motivaba chanzas y burlas, que el animal soportaba con estoicismo. Tesifonte había elaborado un complejo sistema, oculto bajo el vestido, de poleas y flejes que le posibilitaba el pago de las monedas que exigía el mayoral. Los propietarios del animal no comprendían el motivo de ese comportamiento, aunque lo consentían. Los vecinos, ya acostumbrados a la apariencia femenina de Tesifonte, le saludaban y jaleaban cuando se cruzaban con él en la calle. Todo aquello al perro le hacía sentir satisfecho y hasta eminentemente orgulloso. Un día, por desgracia, le fallaron al animal las poleas y no pudo entregar las monedas que le acreditaban como viajero de pleno derecho. El chofer, iracundo y manco, le exigió el pago a gritos mientras golpeaba con su único puño al dispensador de billetes. Los viajeros protestaban porque el autobús permanecía demasiado tiempo parado. Entonces el conductor, armado con un garrote, saltó su barrera natural y comenzó a golpear a los presentes sin discriminación de ningún tipo. Un niño mal encarado, bizco y con voz nasal señaló al perro y grito: “¡La culpa es de esa señora que no sabe hablar!” Un grupo de sádicos se lanzó sobre el pobre can y le despojó de su disfraz. Los viajeros, muy indignados, tras lanzar un grito de asombro al unísono, alzaron los brazos con el propósito de escarmentar al impostor. El conductor, ensangrentado, exclamó: “¡Y encima parece un perro!” Cuando Tesifonte vislumbró el garrote del chofer recurrió a sus cuatro patas para huir. Desde aquel día Tesifonte sólo se travistió en fiestas de guardar, lo que claro está, fue, para aquel sensible y viajero animal, motivo de tristeza.
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Autor: El ojo que te ve, Claudio
Fecha: 21/02/2007 18:04.

