Motivos de tristeza, (IX)

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(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el siguiente enunciado: “...era motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)

 

(En la fotografía superior don Arístides transfigurado en Ramón Gómez de la Serna, autor de la novela Cinelandia (1924).)

 

Los ancianos don Arístides y doña Concha frecuentaban las salas de cine. Como espectadores no permanecían impasibles, sino que, en su fuero interno, traspasaban la pantalla y se transformaban en actores de la proyección. Ambos vivían con tanto interés ese “otro mundo” que una tarde sofocada por el hastío, durante su paseo diario, comenzaron a relacionar a los transeúntes con actores y personajes de sus películas favoritas. Pasado el tiempo también efectuaron sobre ellos mismos ciertos paralelismos con identidades cinematográficas. Tal fue la entrega de la pareja a este juego que sus vecinos detectaron un extraño comportamiento en los ancianos. Por ejemplo, a don Arístides se le podía encontrar vestido de explorador cuando compraba el pan, o a doña Concha encorsetada en traje de superhéroe sentada en el autobús. Una tarde, antes de emprender el recorrido vespertino, los ancianos se llevaron una sorpresa cuando se contemplaron en el espejo del ascensor de su edificio. Él se había transformado en un joven Ramón Gómez de la Serna y ella en una seductora Marlene Dietrich. Cuando salieron a la calle los transeúntes les observaban con extrañeza. Algunos advertían el parecido de la señora con Marlene Dietrich y se quedaban boquiabiertos. A Ramón sólo le reconocían jóvenes poetas extraviados o algún estudiante efusivo. Pero lo más inquietante para los testigos presenciales del paseo diario lo constituía el color gris que lucía la pareja, ahora rejuvenecida, en sus ropas y también en su carne. Así, con estas nuevas personalidades, ambos entraron en la eternidad. Tras la transfiguración le desapareció a doña Concha un lunar que lucía en el nacimiento de uno de sus senos, lo que, para don Arístides, fue, en su vida, el último motivo de tristeza.

14/03/2007 10:28

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