Motivos de tristeza, (XI)

(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto con estos breves relatos como un servidor.)
(En la imagen superior fotografía de Cornelio tras salir de uno de sus trances.)
Cornelio, hombre de austeras aficiones, gustaba de introducir el rostro entre las nalgas de Enriqueta. Ella, entre tanto, permanecía impávida, casi sin respirar, mientras su pareja se mantenía en ese estado durante horas. Esta situación provocaba en Cornelio un esparcimiento beatífico que le inducía a reflexionar sobre lo perecedero y sus afluentes. Mientras las nalgas de Enriqueta le comían el rostro él fantaseaba con escenas de banquetes del antiguo Egipto donde, según refiere Montaigne, se paseaba un cadáver, entre los convidados y las viandas, para que nadie olvidara la presencia inmanente de la muerte. Por lo demás el médium y su señora carecían de otras excéntricas costumbres, al igual que de virtudes. Ella, durante las prolongadas sesiones de meditación del caballero, aprovechaba para dedicarse a la lectura. De este modo recorrió sin premura y con alguna reincidencia las obras completas de Tolstoy, Dostoievski, Balzac, Benito Pérez Galdós y José María de Montells. Por desgracia, Enriqueta adoptó la costumbre de leer en voz alta, aunque Cipriano se quejaba y la invitaba a que abandonara esta actitud, puesto que las vibraciones de la caja torácica de su esposa le sacaban de su trance. Como era de esperar los ruegos no surtieron efecto y la situación, claro está, fue para Cornelio motivo de confusión y de tristeza.


