Motivos de tristeza, (XIII)

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(Esta sección la componen un numero indeterminado de relatos breves que tienen en común el enunciado: “...motivo de tristeza”. Espero que mis impávidos lectores se diviertan tanto como un servidor con estos breves relatos.)

 

(En la imagen superior cartel de la película El hijo de Frankenstein.)

 

 

El niño Nicanor, mientras sus padres trabajaban por las tardes, mataba el tiempo jugando al escondite con su tío Leoncio. Con frecuencia se ocultaba bajo las faldas de una mesa, en el trastero, en el refrigerador, o en el armario de las sábanas límpidas y claras como agujas de ángeles. El niño adquirió tanta experiencia y maestría en el arte de la ocultación que, en alguna ocasión, su tío se dio por vencido y rogó a Nicanor a voces que abandonara su escondrijo. Una fatídica tarde el experto tahúr descubrió un hueco en el interior de la chimenea de la casa, una hendidura con el tamaño suficiente para albergarlo. A pesar de los ruegos de su tío, Nicanor, decidido a mantenerse oculto hasta que alguien le encontrara, se atrincheró inmutable en el recoveco. Los padres le dieron por desaparecido, colgaron carteles con su fotografía por todo el vecindario y hasta, en un programa de la televisión local, se solicitó la colaboración de la ciudadanía para hallar al infante. Por su parte, Nicanor durante la noche se introducía en la cocina, se alimentaba de pequeñas cantidades de alimento, aprovechaba para realizar sus micciones y abluciones y, además, horadaba el hueco primigenio de su madriguera con una cuchara de postre. El tiempo pasó y sus padres le dieron por muerto. Aunque Nicanor albergaba la esperanza de ser descubierto, también su orgullo se alimentaba con la victoria que suponía el mantenerse en ese estado. Transcurridos quince años el ya adolescente muchacho irrumpió de golpe en el salón de la casa durante la cena de Nochebuena al grito de: “¡Viva la uretra y sus conductos!” El padre sufrió un ataque de repulsión y la madre, incrédula, golpeó a su hijo, al que definió como descastado y mendaz, cuando éste se presentó como el primogénito. Aquella incredulidad de los presentes la tomó el joven por un triunfo puesto que, en cierto sentido, significaba que todavía permanecía oculto. Sin embargo, el éxito quedó empañado por la ausencia de su tío Leoncio, su oponente en definitiva, muerto dos años antes. Este hecho, unido a que fue expulsado de la casa familiar de una manera poco amigable, sin permitirle siquiera probar un pedazo de turrón fue, para Nicanor, motivo de tristeza.

09/04/2007 18:24

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