Motivos de tristeza, (XIV)

Otón apenas se relacionaba con sus semejantes. Consumía las semanas encerrado en su cuarto, mientras modelaba figuras de santos en cera que luego vendía a través de las páginas de subastas de Internet. Cuando no se encontraba en su estudio, amasando el santoral, cuidaba de unos calamares que criaba en su bañera. Esta costumbre le llevó a descuidar su higiene y, por tanto, los demás huían de su compañía con inusitada celeridad. En cierta ocasión provocó en el metro una fuga en masa que se saldó con varios contusionados y la muerte de un perro que, en ese momento, tomaba el sol frente a una de las bocas del metro. Sin embargo, en el mercado era donde sufría Otón de forma virulenta las consecuencias de su falta de aseo. Los dueños de los puestos temían que la clientela vinculara el perfume que despedía la criatura con la mercancía expuesta. Los carniceros le gritaban, cuchillo en mano, para que abandonara la demarcación territorial de su garita; los pescaderos le dirigían la manguera de agua a presión que empleaban para limpiar sus productos; además se rumoreaba que un charcutero lanzó a Otón, víctima de un ataque de ansiedad, la cortadora automática a la cabeza. El apestado lejos de acobardarse por estos sucesos se enorgullecía de su situación y disfrutaba desalojando con su hedor ayuntamientos, cines, plazas, palacios de justicia, teatros e, incluso, jardines. La sequía que atravesaba la ciudad finalizó de golpe una mañana. En el cuerpo de Otón la lluvia radioactiva se mezcló con la mugre, así se formó una extraña pasta, semejante a la cera, que transformó al hombre en una figura a tamaño natural, semejante a las que elaboraba él mismo. La nueva situación no sólo le inmovilizó hasta su muerte, sino que, además, le hizo perder sus propiedades aromáticas, lo que, claro está, fue para el artesano motivo de tristeza.
20/04/2007 18:05

