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Motivos de tristeza, (XX)

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El coleccionista adquiría los cadáveres en subastas públicas que el gobierno organizaba con los cuerpos que aparecían desparramados por las calles y que nadie reclamaba. Cuando Aquilino se procuraba una nueva pieza primero la embalsamaba, después la situaba en un jardín secreto subterráneo que ocultaba en el sótano de su casa. En este idílico lugar los árboles estaban formados con limo amasado con orines, la flora la componían especies que apenas necesitaban de la luz, los animales pertenecían a especies nocturnas. En ese entorno situaba el coleccionista a los cadáveres ataviados con curiosos disfraces: explorador, minero, aborigen cantones, caballero del medievo, cazador de ballenas, bombero-torero, arlequín… En su afán, Aquilino incluso había logrado reproducir a una familia que aparentaba pasear con normalidad en aquel paraje. El hombre, con pronunciado bigote, mantenía la mirada distante, fija en un punto indeterminado. La mujer, a su lado, se descomponía paralizada junto a un carrito de bebé donde yacía una desgraciada criaturita que parecía emboscada en el sueño. Aquilino, en su afán de perfeccionamiento, pensó en la necesidad de incorporar a su colección a un popular cantante. Como el personaje ostentaba una insultante salud Aquilino se decidió a matarlo. Y así fue. El plan, meticuloso y ajustado a una disciplina rígida, se resolvió a la perfección. Y como nunca llueve a gusto de todos la desaparición del popular cantante fue, para los seguidores del intérprete, motivo de tristeza.

 

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