Motivos de tristeza, (XXI)

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Doña Calatrava aprovechaba los semáforos en rojo o lun embotellamiento para colarse en los taxis estacionados. Algunos clientes se quejaban, la golpeaban con un paraguas si llovía, con un bastón si se dirigían a una cena de gala, con un bolso si se trataba de una joven en dirección a una entrevista de trabajo, con la dentadura postiza si el cliente del vehículo era persona de edad provecta. Los conductores ya conocían a Doña Calatrava y, aunque hacían lo posible por esquivarla en cuanto la veían, con frecuencia los esfuerzos no les evitaban la intrusión de la ladrona de taxímetros. Si bien es cierto que, a pesar de lograr el medio de transporte, Doña Calatrava no siempre terminaba en la dirección que a ella le convenía. Tal perturbación no apenas la tenía en consideración cuando contabilizaba el dinero que se ahorraba en los desplazamientos. Con el capital acumulado doña Calatrava adquirió una licencia de taxi para su hijo Fulerito, un joven organista tímido y escuálido que no encontraba trabajo.  Sin embargo, el muchacho terminó arruinado por su propia madre, ya que, a pesar de esforzarse noche, tarde y madrugada en el negocio, sacrificaba demasiados horas de su trabajo en los constantes viajes “gratuitos” de su madre. La situación del joven, arruinado y con el taxi embargado, fue sin duda motivo de tristeza para todos cuanto le conocían. Lo que no impidió que Doña Calatrava, tras conocer la noticia, exclamara: ¡Que me quiten lo viajado!

14/06/2007 18:03

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