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Ernst Jünger, el autor y la escritura

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De cuando en cuando el lector se encuentra con un volumen donde un autor de prestigio, de fuste, o de renombre se enfrenta con la materia prima de su arte: la escritura, la inspiración, el oficio, el arte, la técnica… En definitiva, la literatura y el autor. Es preciso reconocer que habitualmente se han dedicado a tales menesteres, por encima de los narradores y cuentistas, los poetas, quizá impulsados por el empeño de clarificar su poética para la posteridad, además de los filósofos. Personalmente no siempre hallo satisfacción en la lectura de tales obras y confieso que, a veces, incluso me han decepcionado. Así me ocurrió, por ejemplo, con el ABC de la lectura de mi admirado, por otra parte, Ezra Pound (aunque conozco a algunos autores tan impresionados por esta obra, que armonizan todos sus prólogos y críticas en torno a esta obra del poeta norteamericano).

En cualquier caso, este preámbulo viene a introducir mi encuentro con un libro que me ha proporcionado horas placenteras de inquietud y estrépito, y que, por esto mismo, se ha establecido como “otro” de mis libros de cabecera (que no de cabeceo). Todo esto hace referencia a El autor y la escritura (Gedisa Editorial, Barcelona, 2003) de Ernst Jünger.

Tras una conversación con Fernando Arrabal regresé a este autor al que sólo recordaba por algún ensayo, ciertas citas y el rumor de sus diarios de guerra. Pero al profundizar en su obra he presentido el desvelo de una certeza, el encuentro con una de las personalidades e inteligencias de mayor hondura del extinto siglo XX.

Por ejemplo, con precisión de cambista Ernst ejemplifica los excesos en la relación entre política y literatura cuando enuncia:

Politización de la literatura. Ya no se aprecia al autor o se lo valora por su producción, sino que uno “es partidario de él”, aunque no haya leído ni una línea. Un reseñista, que había alabado el libro de un autor para él desconocido y se enteró luego de la posición política de éste: “¡Si lo hubiera sabido antes!”

Nuestro autor reflexiona sobre Goethe, Novalis, Shopenhauer, introduce detalles sobre la clarividencia literaria en relación con el desarrollo tecnológico, ironiza con las “tiradas” de ejemplares en el mundo de la edición, también con las erratas, y realiza un alto en el camino para referirse a los dioses y lo sagrado.

La lectura de Jünger, en especial de la obra detallada, contribuye a la “descretinización”, o, en términos de la filosofía cínica, a “invalidar la moneda en curso” en un mundo cada día menos apto para el pensamiento. “No el pueblo, sino el hombre, es el soberano”, afirma nuestro autor para desenmascarar y enderezar uno de los sofismas peor comprendidos (y utilizados) del pasado siglo. Y tampoco tiene reparo en declarar: “La fama póstuma es algo más bien de temer en tiempos en los cuales la gente se vuelve más necia generación tras generación.”

Todo ello se nos muestra con estructura fragmentaria emparentada con Cioran, Nietzsche, con el romanticismo de ascuas intuitivas y la compilación de libros inconclusos al estilo de La Enciclopedia de Novalis, incluso establece vínculos con el reciente Diccionario Pánico de Fernando Arrabal.

Entre otros temas, y para sorpresa de ajenos y propios, Jünger se refiere con precisión a lo que él denomina la doble vista. Es decir, a la posibilidad de “visionar” sucesos. Por otro lado se esfuerza en distinguir este proceso de los cauces de los visionarios y del fenómeno profético. “La doble vista se diferencia de la profecía en cuanto que ésta puede cumplirse o no. Lo extraordinario de la doble vista es que pone en cuestión las categorías de Kant, y con ellas el fundamento de nuestra seguridad.”

También se adentra Jünger en el pudor. Para ello se sirve del coito y refiere el caso de algunas culturas donde no se encuentra inconveniente a la práctica del sexo en público. Tal preocupación me hizo rememorar a los filósofos cínicos Crates e Hiparquia que, según algunas fuentes, consumaban su matrimonio en cualquier lugar público.

La lectura de Jünger se aleja de lo manido (etiquetado), de las consignas que abrazan los que carecen de empuje para no pertenecer a jaurías ni facciones. Su vida se desenvolvió en términos tan controvertidos como su literatura. Huyó de su casa siendo adolescente para alistarse en la legión extranjera, participó con honores en la I guerra mundial, durante la II intervino en el atentado a Hitler de 1944, mientras estuvo destinado en París como miembro del ejército alemán se empleó en socorrer a los judíos de la Francia ocupada, no se mostró servil con los aliados y, en los años cincuenta, entabló amistad con el creador del LSD Albert Hofman, así escribió el libro Visita a Godenholm fruto de sus experiencias con dicha sustancia.

Sin duda la inmersión en Jünger refresca los caminos áridos, recupera la fe en la literatura, en el arte e, incluso, en las posibilidades de la humanidad.

¡Léanlo, por favor, apiádense de sí mismos!

 

20/06/2007 11:14 Raúl Herrero Enlace permanente. sin tema

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