Motivos de tristeza, (XXIII)

El niño-podenco se transformaba en perro todas las mañanas. Durante su existencia matinal y perruna olisqueaba las aristas, los parquímetros, las zapaterías, las esquinas de los bingos y se orinaba donde le señalaba el instinto. Los padres, familiares y amigos del niño ignoraban su prodigiosa capacidad y, por tanto, suponían que durante las mañanas asistía disciplinado y penitente al colegio. Pasados varios meses la tutora de la clase del podenco llamó a los padres para ponerles al día de las ausencias de su hijo. Cuando el joven regresó aquel día de su deambular los padres le reprocharon su comportamiento. El niño no supo cómo excusarse, lo que enfureció a los padres sobremanera. En pleno delirio los tutores ataron al niño las manos y le engarzaron los amarres a un gancho que colgaba del techo de la cocina. En esa posición mantuvieron suspendido al infante varias horas mientras le golpeaban con una estera Al día siguiente el niño sufrió la transformación habitual y se merendó a sus progenitores. Al atardecer, cuando recuperó su aspecto humano, la misteriosa desaparición de sus padres fue para el niño motivo de tristeza. Sin embargo, al día siguiente la pesadumbre se convirtió en felicidad, ya que el niño-podenco conoció durante su errático paseo matutino a Flora, una perrita pequinesa de fina estampa.


