Motivos de tristeza, (XXIV)

(En la imagen superior don Arístides Seco cepillándose los dientes.)
Don Arístides Seco perdía los dientes con asiduidad. No se conocía otro caso como el suyo y, por eso mismo, despertaba la admiración y el respeto de los odontólogos de la región. Y no crea el lector que el endémico Arístides extraviaba la dentadura postiza o alguna funda dental, ni mucho menos, los dientes otoñales procedían de piezas sanas y propias. Todos los especialistas destacaban la fortaleza aparente de su dentición pero, sin embargo, sin motivo aparente, los dientes se desprendían en cualquier situación. Con suerte Arístides se percataba de la pérdida y volvía a colocarse la pieza como si tal cosa pero… Si no se percibía el propietario del extravío podían suceder graves desastres. Por alguna causa desconocida de las piezas dentales desligadas se formaban unos enormes gusanos de seda de unos cuarenta metros de altura y sesenta de grosor. Cuando las autoridades descubrieron la procedencia de semejantes parásitos al pobre Arístides se le multiplicaron las denuncias. A pesar de todo para el señor Seco lo más terrible eran las pesadillas que le perturbaban en horas nocturnas y que le despertaban entre imágenes de gusanos que le devoraban. Claro está, aquellas noches de insomnio, unidas al parecido que aquellos seres tenían con su difunto padre, eran para don Arístides, motivo de tristeza.


