Motivos de tristeza, (XXV)

Quizá por un fenómeno del azar, o tal vez víctima de un infortunio, el caso es que el cuerpo de Ataulfo se momificó en vida. Al principio sus familiares pensaron en enterrarlo, para evitarse la visión nauseabunda y el olor lastimoso que despedía el sujeto, pero luego, emocionados por un discurso de Ataulfo, que se prolongó durante más de tres horas en la sobremesa del domingo, se apiadaron de sus carnes y le permitieron continuar con sus quehaceres cotidianos a plena luz del día. El padecimiento de Ataulfo interesó a científicos y médicos de todo el mundo que elaboraron las más extravagantes hipótesis para explicar el origen de su dolencia. Pongamos como ejemplo al doctor danés Rupenstinski, quien estableció una elaborada teoría donde afirmaba que el propio Eugenio se había ocupado de momificarse en vida tras seguir un tratamiento de inmersión en agua hirviente. Ni esta ni ninguna otra suposición se comprobó con la exactitud científica necesaria Gracias a la enfermedad Ataulfo visitó todos los continentes: intervino en convenciones de las más destacadas universidades del mundo, asistió a los concursos televisivos de mayor lustre, fue invitado a parques de atracciones de Europa y Estados Unidos para que su presencia incrementara el número potencial de visitantes… La momia, que siempre se distinguió por su temperamento emprendedor, aprovecho las estancias en el extranjero para establecer un negocio de exportación e importación que le produjo sendos dividendos. Para su desgracia pasados unos años su piel recuperó la normalidad y, por extensión, su negocio quebró. Claro está, la ruina y la falta de recursos fue para Eugenio motivo de tristeza. Sin embargo, el muchacho comprobó que tras su recuperación mejoraron sus dotes culinarias y, en especial, el sabor que prodigaba a la paella dominical, lo que le valió las alabanzas de sus amigos y familiares. En la actualidad Eugenio redacta su autobiografía. “Historia de una momia repulsiva".

