Motivos de tristeza, (XXVI)

Doña Berenguela se retiró al desierto, a lo alto de una columna, siguiendo el modelo del estilita. Desde las alturas ella mostraba los pechos y las nalgas a los curiosos que se aproximaban a su retiro mientras les gritaba: “Todo es uno y ninguno. La realidad no muta ni se transmuta, la realidad se fija en la pared de la apariencia. A todo cerdo le llega su San Martín. Entre dos espacios la eternidad”. Entre los fieles que se acercaban a escuchar sus predicaciones había quien apedreaba a Doña Berenguela, quien se arrodillaba en la base de la columna impulsado por el delirio y el éxtasis, así como, también, el indiferente que no manifestaba sensación alguna. Durante las noches frías del desierto Doña Berenguela deliraba, mientras rumiaba sentencias como éstas: “Lo inmanente participa de lo permanente. En nuestras carnes se materializaba el verbo y el símbolo del verbo. Como lirio entre espinas. Donde la nada se transforma en verdad y en eternidad. La nobleza del espíritu que se mantiene desasido es tan grande que cualquier cosa que vea, es verdadera y cualquier cosa que pida, le está concedida”. Cuando el sol alcanzaba su punto más alto doña Berenguela bailaba y se contoneaba al tiempo que evitaba tragarse a las moscas que la rodeaban. En una de esos delirios doña Berenguela sufrió un golpe de calor y se transformó en San Juan Bautista. Aunque la barba incipiente surgida de golpe en el rostro de Doña Berenguela, hasta ese día delicado y suave, agradó a los fieles, en cambio, para la portadora de tales rizos luengos fue motivo de tristeza.

