Motivos de tristeza, (XXVII)

A Gustavo las orejas se le desprendían de la cabeza y por su cuenta emprendían la huida. El pobre muchacho se veía obligaba a correr tras ellas, a buscarlas bajo las estanterías, en las esquinas de las máquinas tragaperras y a emplear extraños cebos, como sonidos extremadamente agudos, para recuperarlas. Lo peor sucedió cuando las orejas se introdujeron en un corral de gallinas. Los animales se las probaron, las picotearon y se orinaron sobre ellas. Quedaron las extremidades en tan calamitoso estado que a Gustavo le provocaba nauseas el contemplarlas y el figurarse la devolución de las mismas a su lugar de origen. Tras agudas meditaciones el sufrido oyente decidió ponerlas en venta. Finalmente, tras despedir a cientos de aspirantes, el desorejado decidió traspasar tales apéndices a un violinista, miembro de una orquesta sinfónica de renombre, que había perdido su oído musical. Gustavo, algo inquieto por el vacío que ahora sentía en los extremos de su cabeza, se cosió en esa parte insegura de su rostro unas conchas de mar, que fueron la envidia de todos sus amigos y conocidos. Por desgracia, una mañana, mientras dormía junto al mar, durante ese periodo estival que suele identificarse con las vacaciones veraniegas, un niño sustrajo al pobre Gustavo sus orejas-caracola, lo cual, como el lector ya supondrá, fue para el orgulloso propietario motivo de tristeza.

