Motivos de tristeza, (XXIX)

Cuando murió Romero, el panadero del pueblo, su perro se apropió del negocio. Puesto que se trataba de la única panadería del lugar, el can se aprovechaba de la situación y sólo despachaba sus productos a los vecinos que le trataban con mimo. El cliente que no resultara del agrado del animal se veía obligado a pelearse con el can en la plaza del pueblo, como condición inapelable para adquirir siquiera una pequeña barra de pan. Cuando se producían tales circunstancias los vecinos, hastiados por la calma constante de la villa, se reunían en torno a los contendientes y realizaban apuestas. El señor Isidro, clarinetista aficionado, aprovechaba el ambiente festivo para lanzarse a interpretar todo su repertorio durante el combate. Con frecuencia estos desafíos, unidos al acompañamiento festivo, desembocaban en una verbena improvisada donde todos los habitantes terminaban en estado de embriaguez. En tales situaciones el perro, empujado por el acicate dipsómano de la sensiblería, entregaba barras de pan gratuitas a los vecinos. Un desafortunado día el perro panadero se durmió durante el trabajo, lo que provocó que se incendiara el horno y, por tanto, la pérdida del único establecimiento que despachaba pan en el pueblo, lo que fue, para el animal y todos los lugareños, motivo de tristeza. Sin embargo, los vecinos, en agradecimiento por todo el entretenimiento que les había proporcionado el perro durante años, decidieron nombrarle alcalde vitalicio. Y así vivió feliz el animal enfrentándose a los oriundos en reyertas emocionantes e improvisadas hasta el final de sus días.

