Motivos de tristeza, (XXXI)

En el castillo vivía la mujer de almendra. Aunque se sabía en soledad, de cuando en cuando, unos sonidos la ponían en guardia respecto a la manifestación de presencias desconocidas. Por la mañana la mujer almendra se contemplaba en el espejo y recitaba poemas tradicionales balcánicos mientras se escrutaba los muslos. A mediodía un pájaro, que sujetaba en el pico una cesta repleta de manzanas, se introducía por la ventana del comedor y depositaba la fruta sobre la mesa. Al atardecer un arpa, oculta en algún lugar desconocido, de sonoridad maligna, llenaba las estancias con misteriosa música repleta de giros disonantes y de audacias armónicas. Por la noche, los sonidos desconocidos volvían a resoplar como si el castillo cobrara vida y respirara con unos viejos y agrietados pulmones. El último día del año la mujer almendra penetró en la sala de los banquetes y se encontró con una multitud que la ignoraba. Nadie la reconocía ni la identificaba como dueña y señora del castillo, lo que fue, para la anfitriona de invitados ignotos, motivo de tristeza.


