Motivos de tristeza, (XXXII)

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En la puerta de la cantina montaba guardia San Cristóbal. El tamaño, la espalda y la musculación del santo disuadían a cualquier intruso de promover desordenes. Me aproximé a la barra donde cumplía funciones de camarero el mismísimo Dioniso, en ausencia del Garzón de Ida, quien, con voz áspera, me habló de su forzada relación de vecindad con San Cristóbal, al que definió como un “cachondo”. Mientras el dios hablaba apuré mi copa. Por allí se encontraban, con aspecto distante y misterioso, algo apartadas de los demás, Santa Sofía y Atenea, que mantenían una pausada conversación. San Anselmo y San Bernardo, no sé si impulsados por el vino, o tal vez, por algún desacuerdo fundamental, cerca estuvieron de resolver sus diferencias a bofetadas, si bien es cierto, que Marte les servía de juez en la exaltada discusión. En ese ambiente me sentía reconfortado y hasta tuve oportunidad de saludar a Dante que, en un extremo de la barra, se encontraba ensimismado en la revisión de las pruebas de imprenta de unos tercetos encadenados. Sólo faltaba la divina presencia y, por supuesto, la ausencia preocupaba a santos y dioses y también a los otros afines. De pronto, en el espejo que hermoseaba la entrada al local, se reflejó el rostro de Charlot. Todos callaron. El vagabundo se introdujo en la taberna exhibiendo su peculiar manera de caminar y se aproximó a la barra mientras observaba a los presentes de soslayo. Dioniso sirvió al recién llegado un vaso con una extraña sustancia. Tras apurar de un trago el mejunje Charlot reflexionó en voz alta: “A la vida ya no le encuentro la gracia”. Aquella aseveración lanzada por un cómico de su reconocido prestigio fue, para todos los presentes, motivo de tristeza. Entonces, como un relámpago, entró San Miguel con su espada en llamas.
28/08/2007 18:56

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