Motivos de tristeza, (XXXIII)

Cuando abrí la puerta del retrete sentí que el aguijón de un arma me laceraba el alma. De inmediato me desplomé. Comprobé que brotaba sangre con generosidad de una herida situada en mi costado. Con esfuerzo y la ayuda de ambas manos me extraje la lanza, lo que aceleró el proceso de mi sangrado. Como no había tenido tiempo de encender la luz de la sala permanecía a oscuras, inmovilizado por el dolor, en el suelo del lavabo. Mis ojos se esforzaban por distinguir alguna imagen más allá de las sombras. La luz del pasillo dejaba entrever parcialmente un rostro con rasgos indígenas que flotaba sobre el lavabo. Aquella cabeza se mantuvo inalterable durante todo el proceso de la muerte. Antes de expirar vi como cuatro indios, en cueros y armados con lanzas, transportaban mi cuerpo a hombros por el pasillo de casa. Por supuesto mi desaparición fue, para algunos familiares y seres queridos, motivo de tristeza.


