Motivos de tristeza, (XXXV)

En mitad del campo de batalla tropecé con una bruja. Aquella mujer, con cabellos de porcelana y labios de madera, me invitó a su morada. Tras enterrar mis armas la seguí por la linde de un sendero oscuro mientras pensaba en un merecido descanso. Gracias a su pericia esquivamos a los ladrones, los lobos y otros peligros. Al amanecer alcanzamos nuestro destino: una casa fabricada con chocolate en un claro de la espesura. La bruja se introdujo con prontitud en el interior mientras yo me quedaba fuera pensativo. Con la mente iluminada por ciertas revelaciones mordisqueé la portezuela de entrada. El hambre se despertó con furia y mis mandíbulas la emprendieron a bocados con las paredes. Al poco la bruja se encontraba cocinando en mitad del bosque. Las paredes, los muros de contención, los arbotantes y los zaguanes resonaban dentro de mi estómago. Aunque para la señora la pérdida de su vivienda fue motivo de tristeza, en verdad os digo que, por mi parte, quedé satisfecho con las viandas. Me encontré con la bruja años después en un crucero por las islas griegas. Entonces me confesó que aquel día me atrajo hasta su casa con la aviesa intención de comerme pero que, tras mi demostración de hambruna, decidió dedicarse a la recolección de raíces silvestres.

