Motvos de tristeza, (XXXVI)

(En la imagen superior entrada al Templo de Júpiter en Baalbeck.)
El bedel me esperaba en el umbral del templo. Con las manos sostenía las correas de los perros. “¿Vienes a consultar al oráculo?”, inquirió mientras movía su ojo de limo. Apenas asentí con la cabeza me empujó al interior del laberinto y liberó a los podencos. Corría y mi entrecortada respiración no apagaba los ladridos, ni los sonidos de la persecución. Por fortuna, no me vi obligado a desandar el camino. Aún así estuve cerca de precipitarme por un abismo, pero me percaté a tiempo del peligro y el impulso de mi carrera me permitió saltar el obstáculo. Por desgracia, los perros corrieron peor suerte y desparecieron por el inmenso hueco de ascensor. Cuando alcancé el centro me esperaba el bedel. Me obligó a marcharme al tiempo que me encendía el cuello con pescozones. Desde entonces en la entrada del templo aguardo un descuido del portero para escabullirme de nuevo dentro del laberinto y recuperar mi posición. Sólo me consuela que la desaparición de las mascotas fue, para el guardián, motivo de tristeza.


