Motivos de tristeza, (XXXVII)

Durante el sueño la bestia bebía de mi arteria carótida. Al animal le facilitaba el trabajo que su lengua poseyera una sustancia viscosa que impedía la coagulación de mi plasma. A la mañana siguiente, la disminución de mis fuerzas apenas me permitía realizar mis actividades cotidianas: comer manzanas, rondar los cementerios, mantear a los conductores de los transportes públicos y practicar el canto libre en las puertas de los ministerios más concurridos. Una noche, mientras inmóvil simulaba que dormía, percibí un ligero soplido en el cuello, extendí mis manos para atrapar al agresor. Cuando, tras una lucha encarnizada, logré inmovilizar a la bestia descubrí que era mi padre. “Hijo mío, me susurró, ¿no te apiadas de tu pobre progenitor muerto y pulcramente afeitado”. Luego el ser se carcajeó con una voz metálica y rotunda. La bestia simuló que el incidente era para él motivo de tristeza, aunque ambos sabíamos que aguardaba un descuido mío para abalanzarse, de nuevo, sobre mi cuello.


