Motivos de tristeza, (XXXVIII)

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Llegué hasta la altura del río donde el hombre-bestia introducía la cabeza de los viajeros en el agua. Los peregrinos guardaban una escrupulosa fila. Si alguien intentaba colarse el hombre-bestia lo estrangulaba sin contemplaciones. Cuando llegó mi turno le pregunté por el reino de cielos y luego por la presencia inmanente del fuego divino. El furioso personaje me tomó por los hombros y me sumergió la cabeza en la corriente. Una vez el hombre-bestia me ahogó en las aguas, me levanté transfigurado. En mi mente se establecían extrañas y peculiares correspondencias entre lo sagrado y lo profano. Comprobé que mi nueva realidad carecía de motivos de tristeza.

09/10/2007 11:21

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