Motivos de tristeza, (XL)

Mientras el filósofo se arropaba con libros alguien escribió la palabra ”elitista” delante de su casa. El filósofo leía, separaba la pátina de la arenilla y repartía por las estanterías de su casa los conceptos que brotaban de su saliva, de las heridas dolorosas abiertas en su pecho y en su cabeza. Entre tanto la turba comía paella en platos de plástico mientras paseaba por el paseo marítimo; los niños se colocaban cucuruchos de helado sobre la cabeza y se bañaban con las tripas abiertas para refrescarse más y mejor; las mujeres recitaban una y otra vez la palabra “glosopeda”. El filósofo descubrió que la realidad se formaba con el espíritu de la apariencia y que el pensamiento se acunaba en la indeterminación, que no en la relatividad. Los peripuestos y encopetados ciudadanos, como vándalos inspirados por el orgullo y la ignorancia, se calzaban con cuadros, se comían el papel de los libros en las ensaladas, se llenaban la boca con los excrementos del arte: a los que algunos atribuían el adjetivo “popular” y otros la categoría “modernidad”. El filósofo se asomó a la ventana y descubrió que los asaltantes no conformaban un grupo determinado, ni siquiera se circunscribían a la majada de un partido. Y el hallazgo de la uniformidad en la estupidez fue, para el filósofo, motivo de tristeza.


