Motivos de tristeza, (XLI)

El enterrador por las noches regresaba a las tumbas recientes y mejoraba su trabajo. Sin la presión del público, siempre tan exigente como caprichoso, el eficiente artesano mejoraba los bordes de algunas fosas, golpeaba la tierra con su pala para que fuera más compacta, escanciaba unos perfumes delicados y escasísimos sobre las sepulturas, para que mejorara la presencia del finado, o retiraba las piedrecillas molestas. Luego permanecía en silencio unos minutos y escuchaba las oraciones que los muertos pronuncian desde lo más recóndito. A veces los cadáveres le dirigían la palabra, así el enterrador mantenía conversaciones intensas con los difuntos sobre sus vidas, la indeterminación cuántica, el trauma del padre en la obra de Shakespeare y la resolución de problemas logarítmicos. Un día infortunado el ayuntamiento instaló nichos en el cementerio. Cuando el enterrador descubrió que el estado le exigía que archivara los cadáveres como si fueran facturas se preguntó por el futuro de su profesión. El llamado progreso, el mal de archivo y el instinto burocrático fueron, por tanto, para este apasionado de su trabajo, motivo de tristeza.


