Motivos de tristeza, (LVII)

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El niño Teodorico orinaba, con despreocupación, en la puerta del colegio. Esta costumbre, muy arraigada en el carácter de la criatura a pesar de su temprana edad,  le valió la reprimenda airada de sus padres y el castigo físico de sus profesores. A pesar de estos detalles, poco dichosos, el niño continuó con su práctica para desesperación de adultos y regocijo de sus semejantes. Por tal motivo, sus compañeros lo adoptaron como héroe y le ofrecían, a modo de ofrenda, los bocadillos que sus madres les introducían en las carteras. Todo ídolo siempre encuentra a un oponente, el caso de Teodorico no fue una excepción. El profesor de gimnasia, conocido verdugo y tirano al que odiaba todo el centro, incluido el resto de los amaestradores, –como todo hombre de bien sabe la asignatura gimnástica no posee la entidad ni el empaque de otras, por lo tanto, los que imparten esos atávicos rigores físicos adoptan un aire de autosuficiencia con la intención de equipararse al resto de educadores, pretensión que, en el caso que nos ocupa, resultaba tan repugnante a los alumnos como a sus propios compañeros–. En efecto, ese controvertido personaje obligó a Teodorico a ejecutar una serie de ejercicios que le dislocaron las ingles, lo que impidió al niño, durante todo un curso, realizar su ya famosa micción antes de someterse a los rigores educativos. Aquella desgracia fue motivo de tristeza para los compañeros de Teodorico que, tal vez señalados por alguna oculta insatisfacción, padecieron de cistitis hasta la completa recuperación del lesionado. A propósito, la autoridad  gimnástica fue hallada muerta en el patio del recreo el último día del curso. Hasta hoy nadie ha podido desentrañar los detalles de lo ocurrido.

11/04/2008 21:37

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