Motivos de tristeza, (LX)

El sabio camina sin hundirse en la superficie del agua.
Antonio Fernández Molina
Gerundio caminaba sobre las aguas sin proponérselo, con esa naturalidad que otorga la verdad cuando no se racionalizan los instintos. Los pastores del pueblo se reunían en la orilla para contemplar los paseos marítimos de Gerundio. El pescador ingrávido regresaba a la playa con un capazo sobre los hombros, del que sobresalían colas y bocas de peces que agonizaban a bocanadas negruzcas. Los espectadores de la proeza entonces apedreaban al desgraciado Gerundio, porque la envidia les mordía el hígado con tanta saña, que no les dejaba otra opción que la furia. El caminante acuático esquivaba como podía los proyectiles, aunque alguno siempre le acertaba en pleno rostro y, con frecuencia, volvía a casa con la visión empañada por la sangre. Gerundio preguntó a su padre una noche: ¿Por qué importuna tanto a los pastores que levite sobre las aguas?. “Es muy fácil, respondió el padre mientras ardía, porque eso, aunque sucede, no puede ser verdad, ¿no te has fijado en tu cuerpo? Contémplalo con calma, tanto tu piel, como tus huesos y tu cabello están formados por plomo y jamás ese material ha flotado sobre el agua.” Reflexionó Gerundio sobre el consejo paterno durante varios días. Tras sumirse en la duda y salir victorioso de ella, el levitador regresó a la costa. Puso un pie sobre el agua, luego otro, camino unos pasos y, tras comprobar que, en efecto, su cuerpo estaba creado con plomo, se hundió sin remedio. La muerte del aguerrido pescador fue motivo de tristeza para sus congéneres, no así para los pastores, que, durante varios días, celebraron el ahogamiento de aquél al que tanto envidiaron.


