Motivos de tristeza, (LXI)

Los tártaros le llevaron preso hasta el campamento. Mientras los buitres recitaban salmos, los soldados pasaron por los ojos del cautivo un sable al rojo vivo. El aullido de Strogoff retumbó en el valle como si fuera cuaresma. Los lobos se ocultaron tras los árboles a la espera de verse recompensados con carne humana. Finalmente, los tártaros abandonaron al desdichado en un acantilado. Durante muchas semanas el cegado Strogoff se adentró en chozas, veredas y monumentos artísticos. Finalmente fue recogido por un anciano, también invidente, en una cabaña, donde ambos vivieron en comunión con un gigante mudo. Por las noches, los tres se calentaban al fuego, en tanto el vejete interpretaba al violín piezas populares de la estepa rusa. Con el tiempo Miguel Strogoff volvió al camino. En la fontana de un pueblo, donde llegó Strogoff sin saber el cómo ni el cuándo, humedeció sus ojos. En ese instante recuperó la vista. Pronto comprobó que percibía los tonos y las sombras como si estvuieran coloreadas a través de un cristal evanescente. Una vez terminadas sus andanzas y entregado el correo, de vuelta en Moscú, Strogoff relató lo ocurrido en la corte. El zar, mientras se acariciaba las barbas, inquirió al héroe: ¿Y ahora qué tal su vista? A lo que respondió el cartero: “En verdad no veo nada, pero, sin duda, mi visión ha ganado desde que me cegaron los tártaros”. La respuesta fue para el Zar que, en secreto, le deseaba a Strogoff la mayor de las desgracias, motivo de tristeza.


