Motivos de tristeza, (LXIII)

A los transeúntes el vecino callejero les resultaba familiar. Aquel hombre se movía con torpeza y descuido por las calles húmedas. Su mano, extendida para la caridad, sobrevolaba los rostros de los viandantes, los pechos de las vírgenes y las manos mascadas por las garrapatas de los asesinos. "¿Dónde he visto antes ese rostro?", se preguntaban grandes, pequeños y medianos. A menudo el pedigüeño solicitaba un chusco de pan a doña Rigoberta, la propietaria de la tienda la esquina. Esta perspicaz señora, en una ocasión, mientras entregaba su limosna, con sus dedos rechonchos, retiró al mendigo los cabellos de la cara. ¡Albricias!, respiró ella en alta voz. "Usted es Adolfo Hitler!, exclamó. Las manos del suplicante tomaron con movimiento acelerado el rastro de la mendicidad, al tiempo que asentía con la cabeza. En ese instante, Rigoberta no supo si arrebatarle la comida al extraño y propinarle una drástica patada en la boca, o si olvidarse del repugnante personaje. El avejentado personaje aprovechó ese descuido para emprender la huida a cuatro patas, con la ingravidez y velocidad de un animal salvaje. La incertidumbre de aquel instante fue para la orgullosa panadera motivo de tristeza.


