Motivos de tristeza, (LXIV)

Aquel niño se comía las ensaimadas y los enseres de la casa con una voracidad admirable. Una vecina llegó a relacionar la voracidad de la criatura con la sorprendente desaparición paterna. Tales excesos los cometía con tanta alegría que nadie pensaba en reprenderle. Su madre, orgullosa, le pronosticaba grandes logros en el campo de la metalurgia y una vida agradable, placentera, plagada de bonanzas. Así que el niño una mañana de agosto se atragantó con un impermeable y una tarde de diciembre comenzó a alimentarse de sus propios brazos. La madre, lejos de censurarle su actitud, le animó porque, según ella, gracias a tales ejercicios se convertiría en un muchacho robusto y sano. Así que el niño se comió así mismo. Cuando la madre percibió el error era demasiado tarde. Esa tremenda equivocación fue motivo de pesadumbre y tristeza para esa figura matriarcal desproporcionada, capaz de amamantar con uno de sus pechos universos desconocidos. Aunque en un primer momento pueda no tenerse en cuenta, de esta tragedia el desastre recayó sobre la garrapata que habitaba en la terraza cabelluda del niño, puesto que ese fatídico día perdió los amplios pastos donde habitaba en paz con todos.


