Motivos de tristeza, (LXV)

Ambrosio se jactaba, a pesar de las limitaciones de su estatura, del tercer brazo que le sobresalía de un costado. En la pista de baile el orgulloso personaje agitaba sus tres extremidades superiores, con tanta gracia, que las mujeres y los animales le lanzaban los vasos de las bebidas como muestra de admiración, respeto y simpatía. Gracias a su bendición Ambrosio utilizaba tres raquetas cuando jugaba al tenis, tecleaba en su computadora a una velocidad casi inapreciable para el ojo humano y se rascaba con sarnosa inquina la espalda hasta que la sangre le brotaba a raudales. Sin embargo, una mañana, mientras regresaba de la compra con ciento veinticinco bolsas sujetas por sus quince dedos, un niño de cuarenta y siete años, con problemas de madurez, le señaló en tanto gritaba: “¡Fíjense que mala bestia! ¡Pero si tiene tres brazos, qué horror y qué escándalo!” El comentario motivó en Ambrosio una inquietud, unas reflexiones inconfesables, que le llevaron a odiar esa extremidad que le diferenciaba del resto. Por tanto una mañana, tras afeitarse, se cercenó el brazo y luego se cosió la herida con hilo de pescar. Los problemas a los que se enfrentó el ingenuo Ambrosio en su vida cotidiana, acostumbrado a la abundancia de dedos, para el desgraciado fueron motivo de tristeza .


