Motivos de tristeza, (LXVII)

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Aquella mujer se atusaba los cabellos noche y día, durante el atardecer y el alba. Los pescadores, cuando regresaban del mar, se asomaban a su ventana y la espiaban mientras ella, de espaldas, frente a un espejo de ébano que apenas mostraba sus facciones, se lamía los cabellos. Durante el carnaval los pescadores se peleaban en las arenas por la mano de la joven peinadora y, aunque el vencedor solía distinguirse por su belleza y robustez, ella, inmutable, desde la penumbra de su alcoba y sin dejar de mordisquearse el cabello, rechazaba al vencedor de las justas. Todo aquello cambió cuando  un extranjero llegó al pueblo y tuvo noticia de la misteriosa dama. Sin pensarlo dos veces, el desconocido lanzó su caña de pescar al interior de la casa, con el anzuelo atravesó el cuero cabelludo de la muchacha y la sacó de la vivienda a golpe de sedal. Todo el pueblo se reunió alborozado en torno al acontecimiento. Pero aquel rostro, siempre en semiobscuridad, a plena luz del día se confundía con el aspecto de un atún, con labios gruesos y escamas con olor a sal. Entonces, todos los muchachos del pueblo se abalanzaron sobre la doncella con cuchillos, tenedores y toda clase de objetos punzantes y, tras destriparla, se la comieron entre el alborozo popular, no, sin antes asarla con un delicioso sofrito típico de aquellos contornos. Sin embargo, para el decubridor del pez gigante, todo aquel jolgorio fue motivo de tristeza, puesto que, en definitiva, no le reconocían su talento ni le permitían, por su condición de forastero, siquiera un bocado del potaje.

24/06/2008 20:49 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Tema: Motivos de tristeza.

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