Motivos de tristeza, (LXVIII)

Aunque estaba muerto aquel hombre corría, bebía, se disfrazaba de rey mago para sorprender a la chiquillería y vivía como uno más en el pueblo. Las alcahuetas, los funcionarios y otras semejantes gentes de mal vivir que introducen sus nauseabundos hocicos en casas ajenas, pronto se sintieron alarmados. ¿Y si todos los muertos optaran por vivir en lugar de quedarse mudos y quietos en los sepulcros? ¿Y si los cadáveres siguieran el ejemplo de este vecino muerto y habitado? Pronto se organizó una liga de prostitutas decentes, al tiempo que de sátiros mártires, con la intención de presentarle al muerto saltimbanqui estas pesquisas vecinales. El difunto escuchó con atención los razonamientos del comité. Cuando los demás callaron, el muerto tomó la palabra: “Precisamente sobre tales cuestiones departía ayer en el cementerio con mis semejantes”. En unos segundos el poblado fue ocupado por todos los muertos que durante años, siglos y milenios habían dormido mansamente bajo la colcha de la tierra. La expulsión de los vivos fue motivo de tristeza para los cadáveres, pero, al tiempo se preguntaban: ¿Acaso podríamos hacer otra cosa?


