Motivos de tristeza, (LXIX)

El doctor inspeccionó el cuerpo. A pesar de sus esfuerzos no lograba consumar con éxito los primeros pasos de la momificación . “Quizá sea por la edad”, se preguntaba el buen médico.”¿Habré perdido la agilidad de mis manos, de mis dedos, la sensibilidad de mi piel y mi intuición?”, se interrogaba a sí mismo. La carne que esperaba sobre el sagrado túmulo se le escurría sin remedio. Pensaba el buen doctor en esos peces que parecen transparentes de lo rápido que escapan de la mano de uno, aunque los intente asir con toda las fuerzas. “¿El instrumental sagrado habrá perdido su firmeza, su filo y gracejo?”, se decía para sí mismo el artesano de la medicina. Éste sentía como unos manotazos le golpeaban en las muñecas y le obligaban a desarmarse de su instrumental. El médico revisó los anclajes del cadáver. Oró durante unos minutos a los dioses y se preguntó si éstos le habían abandonado sin remedio. De un tajo certero el médico abrió en dos partes el cuerpo como si se tratara de una fruta podrida. Entonces se oyó un aullido lastimoso. “¡Caramba! El Faraón todavía continúa vivo”, pensó el médico tras interpretar el sonido con esa sustancia que emplea nuestro cerebro para descifrar los ruidos intrascendentes. Aquella anécdota, desde luego, no se filtró a la familia ni los sirvientes, para los que la muerte de su señor fue motivo de tristeza.
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Autor: Elena Longás
Fecha: 09/09/2008 20:54.


