Motivos de tristeza, (LXXII)

Juan “sin miedo” se aproximaba a las grúas, a los elevadores, a los crujidos nocturnos e, incluso, a los concejales y a las aves de rapiña con una amplía sonrisa; de ahí su apodo. Los aldeanos probaron con fuego (le dejaron arder en una hoguera durante semanas en la plaza del pueblo); luego con agua (lo lanzaron por un acantilado atado de pies y manos). Sin embargo, Juan siempre reaparecía indemne y con una sonrisa en los labios. Incluso el obispo del lugar se disfrazó de diablo para perseguir a “sin miedo” todas las noches, con el avieso propósito de calzar el temor en el incólume joven. Pero el desdichado obispo sólo consiguió que su víctima le invitara a chocolate y aguardiente. Todos estos sucesos motivaron la celebración de urgencia del órgano dirigente de la aldea. Tras pronunciamientos de enjundia, los ancianos espetaron: “¡Esto es una vergüenza! ¡No podemos seguir así!” La decisión de los sabios fue inapelable. Sólo quedaba una cosa por hacer: los matarifes descuartizaron al pobre Juan “sin miedo” y lanzaron sus restos a los tocinos. Las permanentes sonrisas que aquellos puercos ostentaron hasta el día de su muerte fueron motivo de tristeza para los que participaron en el crimen.


