Motivos de tristeza, (LXXIV)

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Doña Cova Rubias atesoraba una elevada y vertiginosa opinión sobre sí misma. “Mi vida diaria está rodeada de sucesos apasionantes”, repetía Cova Rubias a todas las personas y cosas de su entorno. Por las mañanas ella se levantaba para trabajar con la aquiescencia altiva de quien lo hace para distraerse, sin ninguna urgencia, sin los grilletes atávicos que impone la necesidad. Entre sus compañeros de oficina no se cansaba de repetir: “Me ocurren accidentes maravillosos, me rodean la aventura y lo inesperado por doquier”. Y, en efecto, así era. Doña Cova Rubias se levantaba a las siete de la mañana, se duchaba, mordisqueaba una tostada, engullía su café con leche con la bravura de un toro hambriento, eructaba hacia el silencio con el rubor de la señorita bien educada, se pasaba ocho horas sentada ante una computadora, regresaba a su casa sin pararse en los semáforos aunque se destetaran con el color encarnado, zurcía calcetines para distraerse, tomaba chocolate con sus amigas para olvidarse del tiempo, mantenía una dieta para apaciguar sus remordimientos, comía para distanciarse de la muerte y se sacaba los mocos para entretenerse. Se rumoreaba que, en cierta ocasión, mientras visitaba el cementerio de la ciudad algunos muertos se levantaron hastiados por la insoportable presencia de doña Cova Rubias. Aunque nadie lo sospechara la certeza de su impostura era para ella motivo de tristeza.

02/09/2008 09:32 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Tema: Motivos de tristeza.

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