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Herman Melville escribe sobre Perseo, Hércules y otros balleneros míticos

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El valiente Perseo, un hijo de Júpiter, fue el primer ballenero, y ha de decirse para eterno honor de nuestra profesión, que la primera ballena atacada por nuestra cofradía no fue muerta con ninguna intención sórdida. Aquéllos eran los días caballerescos de nuestra profesión, cuando sólo tomábamos las armas para socorrer a los que estaban en apuros, y no para llenar las alcuzas de los hombres. Todos saben de la hermosa historia de Perseo y Andrómeda; cómo la deliciosa Andrómeda, hija de un rey, fue atada a una roca en la costa, y cuando el Leviatán se disponía a llevársela, Perseo, el príncipe de los balleneros, avanzando intrépidamente, arponeó al monstruo, libró a la doncella y se casó con ella. Fue una admirable gesta artística, raramente lograda por los mejores arponeros en nuestros días, ya que este Leviatán quedó muerto al primer arponazo. (…) Afín a la aventura de Perseo y Andrómeda —incluso, algunos suponen que deriva indirectamente de ella— es la famosa historia de San Jorge y el dragón, el cual dragón yo sostengo que fue una ballena y los dragones se entremezclaban extrañamente, y a menudo se sustituían unos a otros. "Eres como un león de las aguas, y como un dragón del mar", dice Ezequiel, en lo cual alude claramente a una ballena; en realidad algunas versiones de la Biblia usan esa misma palabra. Además, menguaría mucho la gloria de la gesta que San Jorge sólo hubiera afrontado a un reptil de los que se arrastran por la tierra, en vez de entablar batalla con el gran monstruo de las profundidades. Cualquier hombre puede matar a una serpiente, pero sólo un Perseo, un San Jorge o un Coffin tienen bastantes agallas como para avanzar valientemente contra una ballena.(…)

Mucho tiempo he estado dudando si admitir o no a Hércules entre nosotros, pues aunque, según las mitologías griegas, aquel Crockett y Kit Carson de la antigüedad, aquel robusto realizador de excelentes gestas entusiasmadoras, fue tragado y vomitado por una ballena, con todo, podría discutirse si eso, estrictamente, le hace ser ballenero. Por ninguna parte consta que jamás arponeara a tal pez, a no ser, claro está, desde dentro. Con todo, puede considerársele como una suerte de ballenero involuntario; en cualquier caso, la ballena le cazó a él, si no él a la ballena. Le reclamo para nuestro clan.

Pero, según las mejores autoridades contradictorias, esa historia griega de Hércules y la ballena ha de considerarse derivada de la aún más antigua historia hebrea de Jonás y la ballena, o vicecersa: ciertamente , son muy semejantes. Entonces, si reclamo al semidiós, ¿por qué no al profeta?

Y tampoco los héroes, santos, semidioses y profetas son los únicos en componer toda la lista de nuestra orden. Nuestro gran maestro todavía no ha sido nombrado, pues nosotros, como los solemnes reyes de antaño, encontramos nuestro manantial nada menos que en los mismísimos grandes dioses. Ahora ha de repetirse aquí aquella maravillosa historia oriental del Shastra, que nos presenta al temible Visnú, una de las tres personas que hay en la divinidad de los hindúes, y nos da al propio divino Visnú como señor nuestro; a Visnú, que, con la primera de sus diez encarnaciones terranales, ha dejado aparte y santificado para siempre a la ballena. Cuando Brahma, o el dios de los dioses, dice el Shastra, decidió volver a crear el mundo después de una de sus disoluciones periódicas, dio nacimiento a Visnú, para presidir el trabajo; pero los Vedas, o libros místicos, cuya lectura parecería haber sido indispensable a Visnú antes de empezar la creación, y que, por tanto, debían contener algo en forma de sugerencias prácticas para jóvenes arquitectos, eso Vedas, digo, yacían en el fondo de las aguas, de modo que Visnú, encarnándose en una ballena se zambulló a lasl últimas profundidades y salvó los sagrados volúmenes. ¿No fue entonces un ballenero ese Visnú, del mismo modo que un hombre que va a caballo se llama caballero?

¡Perseo, San Jorge, Hércules, Jonás y Visnú!, ¡vaya lista que tenemos! ¿Qué club, sino el de los balleneros, puede encabezarse de modo semejante?

 

(Fragmento del capítulo LXXXII de la novela Moby Dick (Traducción de José María Valverde, Booket, Barcelona, 2003).

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