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Motivos de tristeza, (LXXVI)

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(En la fotografía superior retrato regio del padre de la doncella.)

Despertó la doncella de su ensueño mortal y contempló al príncipe de cuerpo entero: Era bizco, contrahecho, le faltaba una oreja, su barba se asemejaba a unas nalgas orientales… A ella no le importunaba tamaña apariencia pero comprobó, tras mantener una breve conversación con él, que era lerdo, idiota y, lo peor, tal vez un versificador que se consideraba poeta. La joven estiró la colcha por encima del horizonte, por encima de sus axilas y por encima de los demás cortesanos que bostezaban despechados por lo desgarbado del príncipe. Entonces un perro se acercó hasta la doncella y le besó en los labios reales y evanescentes. El príncipe protestó y el can le mordió en una pierna —que más tarde se supo era de madera—. La muchacha subió a lomos de aquel pequeño animal, tan diminuto que ella, a pesar de montarlo, arrastraba las piernas por el suelo. Aunque el desplante fue para el príncipe motivo de tristeza, cuando el padre le aseguró que, a pesar de todo, él heredaría la corona, el muchacho, sano a pesar de los accidentes, pensó: “Si van a coronarme rey todas formas, no necesito a una princesa obtusa. Pero… ¿y qué será de ese pobre perro?”.

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