Motivos de tristeza, (LXXIX)

Como la tecnología avanzaba con la frugalidad de un bramido llegó el momento inesperado de las cámaras en el ano. Por arte y gracia de un científico de origen beduino, que descubrió la forma de introducir por el ojo trasero, sin dolores ni aspavientos, un diminuto aparato fotográfico, todos los ciudadanos se bajaban los pantalones, faldas o bañadores para inmortalizar a personas, paisajes o vallas publicitarias. La minúscula lente se insertaba en un suspiro y, a cambio, se obtenían muchas ventajas: gran calidad de imagen, una mínima inversión económica que garantizaba fotografías casi de por vida, la posibilidad de, conectándose por el mismo conducto, regurgitar en la pantalla de una computadora las vistas tomadas… Y ahí comenzó la desilusión. Por alguna circunstancia ignota, que el beduino jamás explicó, las personas retratadas aparecían con el rostro del inventor. Tras varios intentos calamitoso de solucionar esta desafortunada eventualidad se abandonó la producción de este tipo de tecnología. Para los fotógrafos anales, que la medicina certificara la imposibilidad de la extracción del aparato fue un motivo de tristeza, que sumaron al fracaso de la cámara fotográfica.


