Motivos de tristeza, (LXXX)

Aquel papagayo comía como un humano, caminaba como un humano, cantaba como un humano, respondía y hablaba como un humano; jugaba a la oca como un humano aquel papagayo, como un humano estornudaba, hacía la compra, veía la televisión y hasta nadaba como un humano en la piscina climatizada que sus cuidadores le habían edificado en su jaula señorial. Todas las visitas de la casa pasaban por los dominios del animal para mostrarle sus respetos y solicitarle consejo. Llegó a tanta humanidad el papagayo que él mismo se planteó si realmente podía considerar humanos a los que le habían servido hasta entonces de modelo. Tanto se estrujo el seso y el pico aquel animal que con hondo penar decidió marcharse de la casa. Aquellos humanos eran muy poco “humanos” para su nivel. Por descontado, que para los dueños del animal la incomprensible desaparición del papagayo fue motivo de tristeza.


