Motivos de tristeza, (LXXXI)

Tanto amor le profesaba el estudiante a la vaca congelada que todas las noches, como si fuera un niño con su peluche favorito, él dormía abrazado al mostrenco animal. Puesto que el lecho no resistía el peso de ambos cuerpos fue necesario reforzar el jergón. El tiempo siempre es implacable y el enamorado apenas conocía algo de práctica de la vida. Ya fuera por inexperiencia o por descuido, el caso es que el animal fue descongelándose hasta alcanzar la categoría de masa putrefacta. El enamorado, desconsolado, por las noches afeitaba al animal y lo bañaba en perfumes y ungüentos que no hacían sino incrementar el hedor. Al final los amigos y familiares del muchacho decidieron que era el momento de librarse del cadáver. Mientras el enamorado se encontraba en uno de sus matutinos paseos los legisladores desollaron, descuartizaron y redujeron a la nada los restos de la beneficiaria del amor. Durante años por la ciudad se oyeron los lamentos, quejidos y quebrantos del estudiante. Por supuesto, cuando él volvió a enamorarse, ya al final de su vida, decidió congelarse siguiendo el modelo de su pasión más arrebatadora. En cambio, para el astado amante, la decisión de su amado fue motivo de tristeza.


