Motivos de tristeza, (LXXXV)

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El cazador, de camino a su casa, tropezó en el suelo con un bulto oscuro. En silencio, aunque algo indignado, pasó unos segundos intentando desentrañar en la oscuridad la naturaleza de tamaña criatura. Se trataba de un cuervo herido, medio muerto, al que él recogió, curó y protegió en una jaula. Los niños del pueblo visitaban con frecuencia la cabaña del solitario cazador. Él depositaba en un plato pan recién orneado, frente a la ventana abierta de par en par. Luego el cazador se esforzaba por simular que no percibía los pellizcos de su pan que los infantes hurtaban a través de la ventana, entre sonrisas nerviosas y bastante torpeza. El cuervo, quizá como forma de mostrarse agradecido a su benefactor, adoptó la costumbre de graznar para advertirle de la presencia de los infantes. Eso hacía que los niños repitieran el intento de robo varias veces, mientras el ruidoso animal se lucía con su diabólico canto. Aquel día la operación la dirigía el niño más torpe del pueblo, por tanto, el cuervo destrozaba el aire sin misericordia con sus gritos, hasta que el cazador acalló el pico del animal con dos disparos de postas convenientemente dirigidos. La muerte del cuervo, que representaba en aquel paraíso al ángel iracundo con la espada en llamas, para los niños fue, a pesar de todo, motivo de tristeza.

01/12/2008 19:27 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Tema: Motivos de tristeza.

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