Motivos de tristeza, (LXXXVI)

¡Dios mío cómo baila claque ese tocino! Desde Brasil, desde Irlanda, desde Pozuelos de Quiroga, desde Alpedrete de la Sierra, miles de curiosos y turistas acudían a la capital para contemplar con ojos boquiabiertos a la maravilla de la que todos escribían, de la que hablaban los periódicos, los bedeles, los oficinistas, los locos, los muertos y los diplomáticos. Durante dos horas de espectáculo el tocino danzaba y gesticulaba acompañado por la mejor música y las voces incomparables de Fred Astaire y Al Jolson. Durante el intermedio, por medio de un concurso, se elegía a una señorita de entre el público para que fuera la pareja del tocino en el baile final. En ese momento salían a relucir las navajas, las llaves inglesas, las ganzúas y las tijeras. Las doncellas recatadas se convertían en asesinas y se abrían paso moviendo la muñeca con especial habilidad para que su arma blanca alcanzara al mayor número posible de candidatas. Nadie sabe los triunfos que alcanzó ese tocino. Portadas en la prensa, especiales de navidad, giras mundiales… En fin, no pararía de enumerar las satisfacciones que nos brindó a todos durante estos años. ¿Entonces por qué se lo comieron en nochebuena?, preguntó el comisario. A lo que respondió el detenido: "No me pregunte esas cosas, no comprende usted, señor decomisariado, que los recuerdos de mi amado tocino son para mí motivo de tristeza".
Nota del compilador: El afamado puerco bailarín alcanzó su último éxito con su interpretación de la danza del vientre.


