Motivos de tristeza, (LXXXVII)

La mano derecha de ese hombre obraba milagros. Su fama impulsaba a muchos peregrinos, caballos, niños e, incluso, sorprendentemente, a ciertas mujeres con fama de casquivanas, a sortear montañas, riscos y peñas para compartir, siquiera frugalmente, una de las bofetadas de ese hombre. “Das hostias de padre, padre”, los niños rugían. “¡Qué bofetadas tan bien equilibradas!”, suspiraban las viudas más alegres. “Con cuenta gracia perfila su vuecencia los cinco dedos con un sólo golpe en nuestras mejillas”, los hombres comentaban entre sí. Y a ese hombre, a ese párroco, el repartir tortas le hacía feliz al tiempo que brindaba sosiego y ventura a los demás. “Tras una de sus hostias sentimos la plenitud”, los peregrinos suspiraban. "Y eso sin estudios", replicaba el sabio recitador de bofetones. Una noche de abril, mientras el “hostiador” entregaba su talento a la muerte violenta de una mosca primeriza, la mano se le desprendió a la altura de la muñeca. El miembro cruzó el horizonte para luego desaparecer en un lugar indeterminado del limo. ¡Cómo lagrimeaban los peregrinos al día siguiente! Y es que la desaparición de los guantazos sublimes de ese hombre sí era un desconsolado motivo de tristeza.


