Motivos de tristeza, (LXXXVIII)

Nadie recordaba la causa por la que el barquero se pasaba los días mano sobre mano apoyado en su pareja de remos podridos, medio adormilado, siempre en la misma orilla. Sin embargo, todos los habitantes del pueblo sabían que la norma aconsejaba no proponerle ningún trato al sujeto que, paciente, aguardaba la llegada de alguien que pretendiera alcanzar el otro lado. Los más jóvenes y menos templados pusieron en duda las certezas de sus mayores y decidieron cruzar el río con el insepulto anciano. Primero subieron a la barca Loreto y Enrique, los de mayor audacia y menor seso. El barquero clavaba los remos en el agua con una energía inusual. La pareja sonreía y se dejaba deslumbrar por la fortaleza del guía. Cuando alcanzaron la otra orilla el anciano les solicitó su salario. Ellos estaban dispuestos a darle el doble de lo que les pidiera. Pero la pareja ignoraba que el barquero exigiría la vida de ambos como precio. El descubrimiento de lo que todos sabían, pero no recordaban, fue para los habitantes del pueblo motivo de tristeza.


