Motivos de tristeza, (LXXXIX)

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Aquellos dedos sabían más de la mano de la que formaban parte que cualquier médico, amigo, amante o instrumento. A veces, aunque la mano quisiera que los dedos giraran el pomo de una puerta, ellos, si se les antojaba, se retorcían y formaban  un amasijo de cáscaras de huevo inútiles, y así ofendían tanto al que enunciaba la orden como a las leyes de lo pragmático. Con el tiempo los demás elementos del organismo imitaron a los dedos. El cuerpo se movía como una ciudad, con sus teatros, con sus remos y sus barcos, con su vaivenes, sus ciudadanos de orden y sus crápulas. A pesar del desorden aparente el cuerpo sentía, tanto en la conciencia como en los extremos físicos, una libertad absoluta. El médico, indignado, se negó a reconocer esa extraña forma de organismo. El cuerpo y la boca decidieron que hablar sería lo mejor. “Aunque todo parezca caótico ningún elemento ha dejado su función”, argumentaron. Pero el doctor repetía: “De  ninguna manera”. Tras unos meses de descargas eléctricas los dedos se tornaron obedientes, la boca sólo respondía a las ordenes y las piernas dejaron de trepar por las paredes. Todo obedecía en el cuerpo, sin embargo, al individuo le aquejaba una melancolía incierta, como la que se apodera de uno cuando se sabe de la muerte de un conocido. Todo el orden, desde ese día, era para el sujeto motivo de tristeza.

31/12/2008 08:42 Autor: Raúl Herrero. Enlace permanente. Tema: Motivos de tristeza.

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