Motivos de tristeza, (XCI)

Cuando aquella mañana, igual a las doscientas anteriores, Ludovico se posicionó frente al espejo se encontró con algo que le llamó la atención. Al principio no supo muy bien de qué se trataba, quizá el cabello más despeinado de lo usual, tal vez alguna señal de la almohada en el rostro, una nueva arruga, la orina del tiempo por ventura depositada entre las legañas… Ludovico se acercó lo suficiente hasta el espejo como para acariciar con la punta de la nariz la superficie de su reflejo. Luego retrocedió con lentitud, como si se sometiera a un ritual antiquísimo, con una cadencia más próxima a la de un bailarín que a la de un hombre recién levantado del sueño. “Ya sé lo que me ocurre”, pensó Ludovico, una vez que comprobó que su cabeza flotaba en el aire desprovista del cuerpo. “Pero ¡tampoco será para tanto!”, se dijo para sí con sonrisa de mula feliz. Ludovico salió a la calle, unos niños le asieron por los cabellos y lo emplearon como balón de fútbol. La desaparición de Ludovico fue para el canario que vivía a sus expensas motivo de tristeza.


